El PP lleva treinta años gobernando la comunidad de Madrid. Su capacidad para influir o desestabilizar la política española, su visibilidad mediática y su cercanía a los grandes grupos de comunicación y al poder económico hacen que cada temporada de conspiraciones resulte más apasionante que la anterior. La última estrella de este ecosistema de pocholos, Dalton, pancetas, rasputines y chiquilicuatres es Isabel Díaz Ayuso. De Esperanza Aguirre aprendió a «ladrar» usando un casticismo deslenguado y de Pablo Casado, el escaso valor de la amistad en política; junto a Cristina Cifuentes supo que no hay peor fuego amigo que un bote de crema y tomó nota de qué charcos mediáticos y políticos evitar; Miguel Ángel Rodríguez, el hombre que amenaza a periodistas, le enseñó a decir «fruta» y «ETA» en cada frase y le explicó que, en el arte de la guerra, el relato es más importante que los hechos y que las salvajadas se tapan diciendo barbaridades. Con todas estas actualizaciones de software, Ayuso ha terminado rebelándose, no solo contra las instituciones y los servicios públicos, sino también contra sus creadores políti