En un pueblo deshabitado y casi borrado del mapa, un hombre elige quedarse en las afueras: vive en una casa rodante, planta árboles y escucha los ecos de un pasado
que no se resigna a desaparecer. Desde allí —entre casas vacías, recuerdos familiares, filmaciones antiguas y voces que parecen surgir de otros tiempos— reconstruye en fragmentos la geografía íntima de su duelo y la memoria
de un espacio cuyos lazos persisten más allá del abandono.
Con un tono que oscila entre lo espectral y lo poético, la novela explora los confines del lenguaje y la memoria. Al mezclar español con guaraní, portugués y otras resonancias, Aldaz convierte la lengua en un territorio vivo. Una obra de ritmo singular y sensibilidad intensa, que transforma la herida y la memoria quebrada en impulso narrativo y gesto de resistencia.